Soy maestra de corazón, en el trascurso de los años aprendí a revalorar mi rol de educadora y darle pasión a todo lo que emprendo, por lo que considero que el papel y la influencia que ejercemos en nuestros alumnos en fundamental para que encuentren sentido a lo que aprenden, para que aprendan a desarrollar su pensamiento crítico y reflexivo, para que aprendan a ver la realidad desde varias perspectivas y por sobre todo influir en ellos para impulsarlos a volar hacia lo desconocido pero con las herramientas necesarias para el viaje.

Seguidamente una breve reflexión sobre las perspectivas sobre el enfoque de ciencia tecnología y sociedad en la tarea docente.
La tarea de educar, en su sentido social, ético
y moral, es una responsabilidad de todos los actores sociales, sin embargo en
la última década muchas de estas funciones se la han delegado a instituciones
educativas. Nos ha tocado vivir en una sociedad en crisis. Mientras cada año nuestros
conocimientos científicos crecen a una velocidad de vértigo, nosotros nos
entendemos menos, al menos, siendo optimistas, no progresamos al mismo tiempo.
Como diría George Carlin tenemos más medicina, pero menos salud; hemos hecho
cosas más grandes, pero no cosas mejores; tiempo de comidas rápidas y
digestiones lentas.
A pesar de que la incursión de la tecnología ha
modificado procesos en el aprendizaje y la relación con los profesores, para el
profesional el rol docente sigue siendo el mismo, formar una persona con los
conocimientos, competencias y actitudes que le permiten “ser” en relación con
otros.
Como expresa Francis Bacon “Scientia
est potentia”, este valor, tiene que estar al alcance y a disposición de todos,
distribuido de tal manera que garantice igualdad de oportunidades.
En nuestra praxis cotidiana, este
principio debe guiar las acciones que emprendamos, no basta decir que
“educamos”, tenemos que interpelarnos continuamente ¿para qué educamos?, y la
respuesta debe estar siempre enmarcada en “educar para humanizar”.
Al realizar nuestra labor desde una
perspectiva humanista la ciencia toma otro matiz, no solo es un conjunto de
datos fríos sin valores, una transmisión de ideas sin corazón, emociones ni
sentimientos, es también evaluar el impacto de nuestros actos. “Nada hacemos
con forjar letrados que no comprendan el valor de la vida, nada hacemos con
formar catedráticos para quienes la guerra se justifica. Nada hacemos con
graduar estudiantes para quienes da lo mismo que mueran decenas de personas
cada día, en la más cruenta, la más absurda, la más aberrante de las
violaciones a los derechos humanos: el enfrentamiento armado”[1]
Por consiguiente, ¿educar para qué? …
para construir una sociedad más justa y equitativa, educar para formar en altos
valores universales donde se resguarde realmente el bien común y la dignidad de
todo ser humano.
Con esta premisa la educación tiende
a formar personas competentes, el desafío es combinar la educación con el mundo
productivo, con la investigación y la innovación desde la perspectiva de una
alta competitividad en la que desde el Estado y los sectores empresariales
puedan garantizar la distribución de valores y conocimientos que tenga como
piedra angular la educación como herramienta fundamental y factor decisorio
para el desarrollo, la inclusión y la cohesión social sobre la base de la
posibilidad de favorecer a los más desprotegidos y posibilitar el acceso a
saberes socialmente necesarios para todos.
Educar porque el conocimiento está
amparado por la competitividad y la equidad resguarda la inclusión social. Más
educación equivale, bajo este concepto, mayor competitividad y mayor
integración social
Por consiguiente, se educa para cambiar la
sociedad, hacerla más progresista, pero estas transformaciones no
necesariamente implican mejoras o bienestar para todos, “cuando se busca lo
nuevo o se modifica lo viejo, en el cambio suele estar implícito en algún
sentido el deseo de mejoría, nuestra aspiración natural es que la metamorfosis
supere favorablemente lo que antes había, educar tendría como objetivo elevar
al hombre, hacerlo mejor.”[2]
Hacer mejor el mundo en que habitamos implica
que los avances en los diferentes campos de la ciencia como la genética, la
biotecnología, la inteligencia artificial podrían convertirse en una punta de
lanza hacia la economía global y sus beneficios serían inimaginables, pero
también “ se abre una caja de pandora en que se plantean cuestionamientos y
responsabilidades éticas que bien no podrían tener respuesta”. [3]
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